Mi casa no tiene puertas. No es una renuncia; es una constatación. ¿Para qué sirve una puerta si nunca he decidido quedarme?
Muevo los muebles cada tres días. No por estética, sino por fidelidad al vértigo. El sofá miraba al balcón; ahora mira al pasillo. La lámpara antes iluminaba un libro; ahora ilumina la sombra de un libro que ya leí. Es mi forma de perderme sin moverme del salón.