La primera deriva se perdió. Fue hace tanto que solo queda su nombre: deriva.
Ahora, lo que llamamos deriva es en realidad la búsqueda de esa primera pérdida. Salimos a perdernos no para encontrar algo nuevo, sino para reencontrar el sabor original del extravío.
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| Imagen: Canva |
Paso por el mismo parque cada día. Pero hoy sigo a una niña que persigue una pompa de jabón. Es mi clinamen. La pompa no flota; huye. Se desliza entre los barrotes de una verja, roza la corteza de un plátano, se eleva sobre el tejado de un coche aparcado. La niña y yo la seguimos. No hablamos. Compartimos una misión absurda: ser testigos de la huida de lo efímero.
La pompa estalla contra el cartel de una tienda. No hay un pop. Sino un parpadeo húmedo. La niña se detiene, desencantada. Yo me quedo mirando el punto exacto donde dejó de existir. En ese punto, el cartel anuncia algo distinto por un instante: SE ALQUILA AUSENCIA.
Ese es el giro. La deriva ya no sigue a la pompa. Sigue la estela de su ausencia. Empiezo a ver huecos con forma de pompa por todas partes: en la nube que se deshace, en el hueco de un mordisco a una manzana, en el segundo de silencio entre dos campanadas…
Regreso a casa por un camino distinto. No es un camino nuevo. Es el viejo camino visto desde la ausencia de una pompa de jabón. Cada paso es ahora un intento de no pisar los espacios vacíos que podrían haber sido ocupados por cosas que se evaporaron antes de que yo llegara.
La deriva de la deriva no es un viaje. Es el arte de seguir el rastro de lo que se perdió por perdernos. Y al final, lo único que encuentro es la certeza de que aquella primera deriva, la original, nunca terminó. Solo se volvió tan lenta y tan vasta que la confundimos con el paisaje fijo de nuestras vidas.
Texto: Deep

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