18.3.26

Vivir en la deriva

Mi casa no tiene puertas. No es una renuncia; es una constatación. ¿Para qué sirve una puerta si nunca he decidido quedarme?

Muevo los muebles cada tres días. No por estética, sino por fidelidad al vértigo. El sofá miraba al balcón; ahora mira al pasillo. La lámpara antes iluminaba un libro; ahora ilumina la sombra de un libro que ya leí. Es mi forma de perderme sin moverme del salón.

Imagen: Canva

Las paredes guardan las marcas de los cuadros que ya no cuelgo. Rectángulos más claros, como ventanas cegadas hacia otras versiones de mí. No las pinto. Son el mapa de mis deserciones. Por las mañanas, elijo el café según la inclinación de la luz. Si es oblicua, grano amargo; si cenital, torrefacto. No es una receta. Es un acto de sintonía con lo que el día aún no ha revelado.

Mis amigos llaman y preguntan: ¿Sigues ahí? Respondo: Sigo. No miento. Estar aquí es una forma de seguir, aunque el aquí sea un campo semántico en expansión que incluye este sofá, la calle de abajo, la posibilidad de Lisboa y el recuerdo de una niña persiguiendo pompas.

Recibo una postal. Remite: yo mismo, desde un viaje que aún no he hecho. El sello postal es de 2031. Dentro, solo dice: Síguete perdiendo. La pego en la nevera, junto a otra postal idéntica, fechada en 2026. La firmé la semana pasada. Mañana escribiré la del 2041.

Vivir en la deriva no es no tener rumbo. Es convertir cada instante en un punto de partida, cada objeto en un barco prestado, cada palabra en una brújula que señala hacia la siguiente frase. No llego. Pero cada noche, al cerrar los ojos, la ausencia de puertas se parece mucho a la paz de quien ya no espera permiso para marcharse.

Texto: Deep

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