11.2.26

Deriva de Ratoner

Ratoner no roe queso. Roza la espuma de las probabilidades. Su pelaje es azul no por genética, sino porque se tiñe con el reflejo del cielo entre ramas cuánticas.

Vive en un Bosque donde los árboles no están en un lugar, sino en una superposición de lugares. No elige un camino; observa los senderos, y al observarlos, colapsa uno. Las huellas de sus patitas no marcan por dónde fue, sino por dónde decidió que el Bosque estuviera.

Imagen: Grok

Su madriguera no es un agujero. Es un pliegue entre la corteza de un roble y el principio de incertidumbre. Allí guarda sus tesoros: un fotón atrapado en un dedal, la palabra impunde escrita en una cáscara de nuez y un mapa del vaso de agua cósmico.

No huye de los depredadores. Los descompone en funciones de onda. Si aparece el Búho de la Certidumbre, gritando «¡Eres un ratón!», se queda quieto. No niega su ratonez. La observa desde fuera. Y al observarse a sí mismo, el búho —cuya existencia depende de un ratón que huya— se difumina, se vuelve una niebla de posibles búhos, y se disuelve.

Su deriva es una coreografía de colapsos elegantes. Salta de una hoja que podría estar cayendo o no, y al aterrizar, la convierte en la hoja que cayó. Susurra a los hongos bioluminiscentes, y ellos, al escuchar, eligen una frecuencia de luz.

No busca el significado del Bosque. Es el instrumento con el que el Bosque se significa. Cada instante es un clinamen cósmico dirigido por su curiosidad azul. Al final del día, regresa a su pliegue. El Bosque, tras su paso, no es el mismo. No porque lo haya cambiado, sino porque lo ha hecho posible.

Texto: Deep

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