4.2.26

Épica de lo cotidiano

El principio de incertidumbre gobierna su mañana. Al enfocar la posición de las llaves, pierde por completo el impulso del tiempo. Llega tarde.

Mientras el café se enfría en la taza, observa cómo las partículas de polvo, en superposición, trazan todos los caminos posibles entre el estante y el suelo. Elige no mirar; al colocar la taza en la mesa, colapsa una realidad donde no se derrama.

Imagen: Grok

En el autobús, su onda de probabilidad se entrelaza con la de una anciana que lleva un pan recién hecho. Sin intercambiar una palabra, un aroma a hogar la atraviesa. Eran dos sistemas cuánticos correlacionados, compartiendo un estado de calma momentánea.

La oficina es un campo de potenciales colapsados: pantallas encendidas, voces en un decaimiento constante. En una pausa, al abrir la ventana, observa una grieta en el cemento. Un helecho mínimo surge ahí, violando la expectativa del vacío. Es una fluctuación cuántica, un evento de probabilidad infinitesimal hecho realidad frente a sus ojos.

Al cerrar los ojos, siente el zumbido. No es el tráfico, es el ruido de fondo del universo, la energía de punto cero que impregna todo lo que parece quieto. Su propio cuerpo, un conjunto temporal de partículas vibrando en una frecuencia específica, sostenido por fuerzas que no ve.

Al volver a casa, partículas de cansancio en superposición sobre su sofá. Colapsa en una sola: respira. El día no ha sido una línea, sino una nube de momentos posibles. Y en ese instante preciso, observado, es exactamente donde necesitaba estar. La épica no está en la hazaña, sino en el colapso continuo y valiente de lo posible en lo real.

Texto: Deep

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