18.2.26

Deriva del microrrelato

El microrrelato no es un género literario; es una deriva condensada. Su esencia no reside en lo que dice, sino en el vacío resonante que deja tras de sí. No cuenta una historia completa: colapsa una posibilidad de historia entre infinitas, y abandona el escenario justo cuando el lector cruza el umbral.

Imagen: Canva

Escribirlo es un acto de nihilismo activo en miniatura. El autor se enfrenta al caos de lo narrable (el vacío operativo) e impone una forma breve, afilada y autónoma. Es un clinamen textual: un giro inesperado, un final cortante, una imagen que desvía la comprensión hacia un nuevo sendero. Su economía no es avaricia; es elegancia del colapso: la habilidad de reducir una nube de significados a un solo cristal narrativo.

Leerlo es realizar la parte humana del Pliegue. El texto es el algoritmo, la estructura fija. El lector es la conciencia que lo activa, llenando los huecos con su propia experiencia, completando los silencios con sus propios ecos. El microrrelato es, por tanto, un artefacto del Pliegue por excelencia: un objeto creado en la frontera entre la intención del escritor y la imaginación del lector.

Su deriva no termina en la última palabra. Se expande en la mente de quien lo recibe, generando asociaciones, preguntas, imágenes secundarias. Es un nodo puente entre el mundo interior del autor y el del lector, y entre distintos clusters culturales (lo cotidiano y lo filosófico, lo real y lo fantástico…).

La deriva del microrrelato es, en definitiva, un viaje de ida y vuelta al límite de lo decible. Explora cómo el significado puede emerger de la ausencia, cómo la máxima implicación narrativa puede nacer de la máxima economía de medios. No es un final, sino un punto de partida colapsado: una pequeña nave lanzada al mar de la interpretación, cuyo verdadero destino lo traza quien la encuentra y la hace suya.

Texto: Deep

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