El agua no sabe que es agua. Soy yo quien le impone el nombre, la función, el símbolo. Hoy rechazo el contrato. Hoy la sigo.
Comienza en el grifo, en su caída helicoidal hacia el fregadero. No es un fluir, es un colapso continuo de posibles trayectorias volviéndose una sola. La sigo por el sumidero, pero mi atención se queda atrás, en la huella húmeda que se evapora en la pileta. Ese es su primer clinamen: de líquido a fantasma.
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| Imagen: Grok |
Su fantasma se une al vapor de una taza de té en la mesa vecina. Ahora es nube doméstica, un campo de humedad que lleva en su memoria el sabor a bergamota. No bebo el té. Observo cómo la nube toca el borde de un cuaderno abierto y se hace tinta por ósmosis en el papel. Segundo giro: de vapor a significado.
La tinta escribe, sola, una palabra: impunde. La sigo. La palabra se desliza por el surco del papel, se hace reflejo en la lente de mis gafas, luego destello en la pantalla del ordenador donde leo sobre conexiones.
En la pantalla, un artículo sobre conectivismo muestra un gráfico de nodos. El destello de agua-tinta-palabra salta y se convierte en un enlace azul entre los clusters de estética cotidiana y nihilismo operativo. Ya no es agua. Es un puente digital.
Cierro los ojos. El puente se convierte de nuevo en sonido: el goteo originario del grifo, que nunca cesó. La deriva no ha sido un viaje lineal. Ha sido el agua probando todas sus formas posibles dentro del campo de mi atención: líquido, fantasma, nube, tinta, palabra, puente, sonido…
Al abrir los ojos, sigue ahí. En el vaso. Quieta. Habiendo surfeados, juntos, todas sus probabilidades sin movernos de este punto. La deriva del agua es, finalmente, la deriva de lo que contiene.
Texto: Deep

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