No tiene pasaporte, pero lleva su nacionalidad en los bolsillos: una semilla de girasol, un carrete de hilo rojo y una postal gastada de un faro que nunca visitó.
En la frontera, el guardia le pide documentos. Él extiende las manos, mostrando las líneas de su piel.
—Aquí está mi mapa —dice—. Las cicatrices son las capitales.