Cruzo el puente tunelado por enésima vez. O por primera. El Gato se lame una pata y no me mira. Eso significa que está mirando casi todo.
A medio camino, el puente se convierte en túnel. Las paredes son espejos. O rendijas. O preguntas. Ahí están.
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| Imagen: Canva |
El ratón que no se fue sigue en la Galaxia de Los Ratones, mirando cómo las dos galaxias chocan. Nunca conoce el Bosque. Nunca conoce a Nix. Nunca sabe que existe la penumbra líquida. Está tranquilo. Eso es lo peor.
El ratón escritor solo escribe poemas con la cola. Nunca abre un blog. Nunca colapsa los lunes. Sus versos son hermosos y nadie los lee. Duerme bien por las noches. Le envidio casi del todo.
El ratón gato se deja observar de más. Ahora tiene un tercer ojo y 42 ditos de luz. Ronronea cuando deber chillar. No sé si es un triunfo o una condena. Él tampoco.
El ratón que nunca existió no está. Pero se le intuye. Como una hoja seca que cruje sin viento. Como un error 404 que parpadea en la pantalla. Como el Queso de Schrödinger antes de abrir la caja.
—¿Cuál eres tú? —pregunta Nix desde la penumbra.
—Todos —digo—. Ninguno. El que elige escribir esto.
Ella mueve la cola en espiral. Sonríe con media boca.
—Eso es casi una respuesta.
—Eso es mi respuesta.
El túnel se desvanece. El Gato parpadea. Nix ya no está. O casi. Me quedo solo frente al espejo. Mis otros yoes me miran desde el otro lado. Les devuelvo la mirada. Luego cierro los ojos y elijo. Siempre elijo.

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