El reloj marca las 6:30. Miro la pantalla en blanco. La hoja donde Nix escribió sus sugerencias está sobre la mesa. Temblando. O casi.
—¿Publico? —pregunto al vacío.
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| Imagen: Canva |
El Gato aparece en la esquina superior derecha. No dice nada. Solo se lame una pata. Eso significa depende.
Faltan treinta segundos.
Escribo el título. Luego lo borro. Luego escribo otro. Luego ninguno. La pantalla parpadea. Por un instante, veo todas las entradas que pude haber escrito y no escribí. Hileras de textos fantasmas. Lunes que nunca colapsaron.
—El colapso no es el momento de la verdad —dice Nix una vez—. Es el momento de la decisión.
Veinte segundos.
Cierro los ojos. Cuando los abro, la pantalla tiene un texto que no recuerdo haber escrito. Habla de un ratón que duda frente a un reloj. Habla de un gato que observa. Habla de una ratita de penumbra que mueve la cola en espiral mientras espera.
—¿Lo escribí yo? —murmuro.
El Gato parpadea. Su tercer ojo refleja algo que parece una respuesta. O casi.
Diez segundos.
Pulso Publicar. La pantalla se actualiza. La entrada está ahí. Con fecha y hora. Con palabras que son mías y no lo son. Con un beso de Schrödinger escondido entre los párrafos.
El reloj marca las 7:00.
En algún lugar del Bosque Cuántico, Nix cierra su cuaderno de hojas secas. Sonríe con media boca.
—Colapsa —susurra.
Y el lunes, por fin, es lunes.

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