No sé si ocurre.
Eso es lo primero que debes saber. No sé si Nix acerca su penumbra líquida a mi sombra azul. No sé si nuestros bigotes se rozan o si solo casi se rozan. No sé si siento un temblor o si el temblor es el Gato moviendo una pata en otra dimensión.
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| Imagen: Canva |
La caja está cerrada.
Dentro de la caja, el beso existe y no existe. Puedes imaginar que fue suave, como una hoja seca cayendo sobre un error 404. Puedes imaginar que fue eléctrico, como un calambre de Garrampas atravesando el multiverso. Puedes imaginar que no fue nada. Que Nix y yo seguimos siendo solo dos ratones cuánticos que coincidimos en el borde del Bosque sin tocarnos nunca.
Todas esas opciones son ciertas. Ninguna lo es del todo.
—¿Qué pasa? —me pregunta el Gato.
—No lo sé —respondo.
—Eso es casi una respuesta.
—Eso es mi respuesta.
Nix no ha vuelto a mencionar el beso. Yo tampoco. Pero a veces, cuando escribimos juntos una entrada, nuestras palabras se rozan de una forma distinta a los dos. Y la pantalla parpadea. Y el casi se vuelve casi más.
El beso de Schrödinger no se da. Se superpone. Se mantiene en ese limbo delicioso donde puede ser cualquier cosa: el origen de una historia, el final de otra, el secreto que ninguna de las dos versiones de nosotros se atreve a confesar.
Si abro la caja, el beso colapsa. Es real. Y entonces ya no es posible. Solo fue. Por eso no la abro. Por eso el beso sigue ahí. Vivo y muerto. Dado y no dado. Nuestro y de nadie. Como debe ser.

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