Publico esta deriva y, al hacerlo, la colapso. O eso parece. Porque una deriva, por definición, no debe colapsar: debe quedarse en el limbo de las posibilidades, en el flujo de lo que aún no ha ocurrido. Pero Schrödinger me susurra desde su caja: si la publicas, la observas; si la observas, la fijas.
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| Imagen: Canva |
Y sin embargo, no es así. Publicar una deriva no la fija. La multiplica. Porque cada lector que llegue a esta entrada la leerá desde su propio borde, con su propio Gato Observador mirando de reojo, y la deriva que él habite no será la mía. Será otra. Será su deriva.
El Error 404 queda atrás. El Bosque Cuántico se abre. Camino sin rumbo, pero esta vez con testigos. Nix mueve la cola en espiral. No pregunta. Sabe que la deriva publicada tiene otras reglas: ya no es solo un gesto, es una invitación.
—¿Esto es una deriva? —pregunto.
—Esto es una Deriva de Schrödinger —dice Nix—. Está publicada y sin publicar. Es tuya y de nadie. Está viva y muerta en la misma pantalla.
Sonrío con toda la boca. Porque he entendido algo: la deriva no colapsa cuando la publicas. Colapsa cuando dejas de escribirla. Y yo, de momento, sigo escribiendo.
La hoja seca vuela. El viento se la lleva. Ya no importa de quién era. Pertenece a quien la lea. Y sigo caminando. Hacia ningún sitio en particular. Que es casi el único sitio al que merece la pena ir.

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