Encuentro el espejo en una rama baja del Bosque. No es de cristal, sino de posibilidad. Cuando me asomo, no veo mi reflejo. Veo versiones de mí mismo que nunca he sido.
En una, escribo poemas con la cola. En otra, nunca he conocido a Nix. En una tercera, soy el Gato Observador.
—¿Qué miras? —pregunta Nix, apareciendo desde ningún lado.
—Un espejo que no me devuelve el reflejo.
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| Imagen: Canva |
Ella se asoma. Su penumbra líquida se queda quieta, algo poco frecuente.
—Yo tampoco me veo —dice—. Pero veo un casi yo.
Me acerco más. Mis bigotes rozan la superficie del espejo. Entonces ocurre: mi reflejo actual (el que creo ser) se separa del resto y lo miro fijamente.
—¿Qué quieres? —pregunta el reflejo.
—Saber cuál soy.
—Ninguno. Todos. El que elijas ahora.
Nix toca el espejo con la punta de la cola. Mi reflejo se ríe.
—Ella ya lo sabe —dice el reflejo—. Por eso no pregunta.
El espejo se ondula como un charco tras una piedra arrojada. Mis versiones alternas se desvanecen una a una. Quedan solo dos: la del otro lado y la de este.
—No sé cuál es real —murmuro
—Ninguna —dice Nix—. Las dos son casi. Y el casi es suficiente.
Toma a Ratoner de la pata (algo que nunca hace) y lo aleja del espejo. Cuando miran atrás, solo hay una rama vacía.
—¿Ha existido? —pregunto.
—Existe —dice ella— en algún lugar entre lo que ves y lo que callas.
Siguen caminando. Sin saber si son ellos o sus reflejos. Sin necesidad de saberlo.

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