Encuentro a Nix en el borde del último error 404. Ella estaba sentada sobre su propia cola, mirando hacia ninguna parte.
—Llevo días buscando el centro del Bosque —dije, jadeando un poco—. Creo que si llego, encuentro respuestas.
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| Imagen: Canva |
Nix parpadea una sola vez. Sus ojos de luz fría reflejan algo que parece paciencia.
—¿Y si el centro es esto? —pregunta, señalando el vacío con la hoja seca de su oreja.
Me siento a su lado. La penumbra líquida de su pelaje se mezcla con mi sombra más sólida. Juntos parecemos una mancha de tinta secándose sobre ningún papel.
—Eso sería decepcionante —digo.
—Eso sería —responde ella.
El silencio se instala entre los dos. No un silencio vacío, sino de esos que pesan lo justo: casi nada, pero todo.
—¿Por qué me sigues? —pregunto al rato—. Nunca te he pedido que vengas.
Nix mueve la cola en espiral.
—No te sigo. Coincido. Es diferente.
—No veo la diferencia.
—Por eso coincido contigo.
Iba a contestar, pero en ese momento el agujero de gusano moribundo que tenemos a nuestros pies lanza un suspiro de píxeles dorados. Nix atrapa uno con la punta del rabo y lo pone sobre la hoja seca. Escribe algo. Luego levanta la hoja para que lo lea:
Buscas respuestas. Yo busco preguntas que merezcan tu búsqueda.
La miro. Ella ya estaba mirando hacia otro horizonte —quizá el mismo, quizá otro completamente distinto.
—Eso es casi bonito —digo.
—Eso es —repite ella.
Y nos quedamos allí, en el borde, viendo cómo el error 404 parpadea como un faro que no alumbra nada. Juntos. Porque sí. Porque coincidir ya es bastante.

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