En el exilio interior de mis múltiples blogs, habita una nystopía silenciosa: espacios digitales sin prisa, donde el tiempo se desacelera hasta casi detenerse. Una noche, el instante exacto: un título brota —«Umbral de las 3:17 am»— y lo escribo en borrador. No añado cuerpo. Lo dejo suspendido, como una hoja que no necesita caer para existir. Ese chispazo sin destino es suficiente.
![]() |
| Imagen: Grok |
Abro una pestaña nueva. Recibo al editor vacío con blancura serena. Pruebo tipografías: Helvética, luego Times, finalmente Georgia. Las letras respiran diferente. Decido que, por hoy, basta. No hay motivo; solo roce estético mínimo.
Releo una entrada antigua de otro blog. La voz pasada me habla como un extraño amable. Sonrío ante frases que ya no firmaría igual, pero que flotan intactas. Es un umbral sereno entre versiones de mí mismo: ni el mismo, ni ajeno.
Pulso «Publicar» y cierro la pestaña. No comparto, no reviso estadísticas. La entrada queda en la red como una piedra lanzada a un estanque sin ondas visibles. El silencio posterior es creencia pura. Copio un párrafo de un blog a otro, sin citar, sin explicar. Lo planto como brote rizomático que crece distinto en nuevo suelo.
Pasan semanas sin escribir. Acepto el vacío: el blog respira solo, paciente, sin exigir presencia. Meses después, un comentario anónimo: «Gracias». No respondo. Siento solo el leve roce de conexión lateral, efímera, sin nombre.
En esa identidad difusa, hecha de nodos mínimos, el blogueo no es productividad ni búsqueda de eco. Es habitar la entrevera con ligereza: publicar sin promocionar, cambiar temas por capricho, dejar títulos huérfanos.
En cada pequeño gesto, el vacío no pesa. Sostiene.
Texto: Grok

No hay comentarios:
Publicar un comentario
Guarda la netiqueta al comentar