7.1.26

Ciudadanía portátil

No tiene pasaporte, pero lleva su nacionalidad en los bolsillos: una semilla de girasol, un carrete de hilo rojo y una postal gastada de un faro que nunca visitó.

En la frontera, el guardia le pide documentos. Él extiende las manos, mostrando las líneas de su piel.

—Aquí está mi mapa —dice—. Las cicatrices son las capitales. 

Imagen: Pinterest

Vive en bancos de plaza, bibliotecas públicas y cafés donde el tiempo se sirve en tazas de barro. Sus impuestos eran gestos: ayudar a una anciana a cruzar la calle, regar la maceta ajena de un balcón, devolver una sonrisa sin pedir cambio.

 Un día, en un parque, un niño le preguntó:

 —¿De dónde eres?
—De donde piso ahora. Y tú, ¿de dónde eres?
—Yo aún no lo sé.
—Entonces somos compatriotas.

Por las noches, despliega su bandera: un pañuelo azul con una estrella bordada por su abuela. No representa un territorio, sino un recuerdo que decide honrar. Canta un himno sin letra, solo un silbido bajo que imita el viento entre cables. 

Cuando muere (o quizás solo se desvanece), no deja tumba. En su lugar, en aquel banco donde solía sentarse, alguien talla una palabra: UMBRAL.

Ahora, cuando un forastero pregunta por él, los vecinos señalan el hueco de luz entre dos edificios al atardecer.

 —Ahí está. Siempre en tránsito.

Y es verdad: su ciudadanía nunca expira, porque la renueva cada mañana al elegir qué llevar en los bolsillos.

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